Esta historia es puro sabor a salitre y misterio antiguo. En
el barrio de La Almadraba,
donde el mar no es un paisaje sino una forma de vida, los relatos de los años
50 y 60 tienen esa pátina de leyenda que solo el Estrecho sabe fabricar.
En la Ceuta
de los años 50, cuando el motor de las pateras era el brazo y el sudor, un
pescador de La Almadraba se aventuró mar adentro en busca de la plata roja de
los besugos. El mar estaba en calma, una balsa de aceite que escondía secretos
que la luz del sol no lograba iluminar.
El hombre
trabajaba con la parsimonia del oficio. Echaba el aparejo, cobraba la pieza y
la arrojaba a la pesquera. Pero algo no cuadraba. Cada vez que bajaba la vista,
el montón de peces parecía menguar.
No puede ser se decía,
frotándose los ojos cansados. Juraría
que había más.
Desconcertado,
decidió no apartar la vista de su botín. Y entonces, el aire se volvió pesado.
Por el costado de la madera vieja de la patera, el agua se rompió sin hacer
ruido. De las profundidades emergió algo que no pertenecía al mundo de los
hombres: una mano negra, de
dedos largos y piel escamosa, que se aferró a la borda con una fuerza
ancestral.
Ante su
mirada petrificada, la extremidad tanteó el aire, atrapó un besugo con
precisión quirúrgica y volvió a hundirse en el azul oscuro.
El terror,
ese que hiela la sangre incluso bajo el sol de África, le dio la fuerza
necesaria para agarrar los remos. Bogó con la desesperación de quien huye de la
muerte misma, sintiendo que algo lo observaba desde el fondo. Al llegar a la
arena de La Almadraba, se desplomó jadeante, con los ojos desorbitados:
¡Un monstruo! ¡Un monstruo marino! gritaba, mientras los vecinos acudían a socorrerlo.
Los vecinos,
intentando devolver la cordura al barrio, hablaron de una foca monje o de un
lobo marino descarado. Eran tiempos en los que todavía quedaban colonias de
estos animales en el litoral ceutí, y su inteligencia para "robar"
capturas era bien conocida.
Pero, ¿qué
sé yo al respecto?
La ciencia
diría que fue una Monachus monachus (foca monje), cuya aleta oscura y
destreza pueden confundir a un hombre aterrado. Sin embargo, en un lugar como
Ceuta, donde las corrientes del Atlántico y el Mediterráneo se baten en duelo,
el folklore prefiere otras respuestas. Los antiguos hablaban de los "Hombres-Pez"
o de criaturas de las profundidades que, aburridas de la soledad del abismo,
subían a cobrar su tributo a los vivos.
Aquella mano
escamosa se llevó los besugos, pero le dejó al pescador una historia que ni
toda la arena de La Almadraba podrá enterrar. ¿Foca o demonio? En el
Estrecho, a veces, la respuesta depende de cuánta fe tengas en el misterio.
