Historias de Carlos Cordero
Aquella
noche de 1980, el levante soplaba con la timidez justa para no castigar,
dejando que el calor del verano se instalara en las esquinas del barrio del
Mixto. En la "placilla", el mercado de abastos que servía de
corazón y confesionario a los vecinos, el aire parecía vibrar con una
electricidad distinta. No era el bullicio habitual de las redes de pesca o el
trasiego de la fruta; era el preludio de un milagro.De pronto, un grito rasgó
el sopor de la velada:
¡Lo he visto! ¡He visto a Jesús!La voz de la niña, aguda y cargada de una certeza que solo la infancia posee, atrajo a los vecinos como si fuera un imán. En una de las paredes laterales de la plaza, bañada por la luz amarillenta y mortecina de una farola, emergió la visión.
Al principio, era solo una mancha difusa, pero a medida que los ojos se forzaban y la fe se contagiaba, los rasgos se volvieron nítidos. Allí estaba Él el rostro alargado, la mirada profunda y una barba profética que parecía brotar de la misma cal.
El barrio se transformó en un templo al aire libre. La noticia corrió por las callejuelas del Mixto más rápido que el aroma del pescado fresco.
Hombres y mujeres se dejaban caer de rodillas sobre el cemento caliente, con los rosarios enredados en dedos temblorosos.
.Hubo quienes juraron sentir un calor celestial, otros entraron en trances silenciosos, con la mirada perdida en aquel fresco improvisado que la divinidad había decidido regalarles en una humilde pared de barrio.
Durante días, el trasiego comercial de la placilla se tiñó de un respeto místico. El Mixto ya no era solo Ceuta; era Tierra Santa.
Pero los
milagros, a veces, no sobreviven al regreso de las vacaciones. Una mañana, el
chirrido de una persiana metálica marcó el fin de la era mesiánica. El guarda
del mercado, con la piel curtida por el sol y el pragmatismo de quien conoce
cada grieta de su dominio, regresaba a su puesto.Observó la multitud, los
restos de velas y a los vecinos que señalaban la pared con ojos vidriosos.
Frunció el ceño, no por revelación, sino por memoria técnica.
¿Pero qué
hacéis? gruñó,
rompiendo el hechizo.Sin ceremonia alguna, el hombre explicó la genealogía del
santo: no era un enviado del cielo, sino un vestigio de las últimas elecciones.
Un cartel de un candidato con barbas —algunos decían que era el mismísimo FRAY ARMADA o algún otro rostro de la época con aire de apóstol— que, castigado
por el sol y la lluvia, se había mimetizado con la piedra hasta parecer una
reliquia.
El guarda no
esperó a que la teología resolviera el dilema. Trajo un cubo de cal, una brocha
gorda y, con la misma parsimonia con la que se limpia un mostrador de
carnicería, comenzó a cubrir al Salvador.
Trazo tras
trazo, la divinidad desapareció bajo una capa de blanco inmaculado. La gente se
dispersó en un silencio incómodo, guardando en el bolsillo sus oraciones a
medio terminar. El Mixto volvió a ser el Mixto: un barrio con más arte que fe,
donde un candidato político pudo ser Dios durante una semana de verano, hasta
que la cal y el sentido común decidieron que ya había sido suficiente gloria
por ese año.
