HISTORIAS DE CARLOS CORDERO
El asfalto
que serpentea hacia el Cementerio de Santa Catalina tiene un brillo
especial bajo la luz mortecina del atardecer ceutí. No es solo el salitre del
Estrecho; es la pesadez de los siglos que parecen acumularse en esa curva donde
el viento de Levante castiga con más fuerza.
Aquella
tarde, el caminante —un hombre de mirada entrenada por los años de servicio en
la Policía Nacional— avanzaba con el paso rítmico de quien busca despejar la
mente. Sin embargo, el aire se volvió denso, casi sólido, justo antes de que
apareciera la silueta.
A la altura
de la carretera del camposanto, una figura emergió de la bruma. Era un hombre
menudo, de porte distinguido pero anacrónico. Al cruzarse, sus miradas se
anclaron un segundo. Los ojos del desconocido no eran de este tiempo: tenían
una profundidad acuosa, una mezcla de infinita fatiga y una benevolencia
que resultaba casi hiriente.—Buenas tardes nos dé Dios —susurró el extraño con
un leve cabeceo.
El policía
asintió, extrañado por el tono de voz, que sonaba como un disco de gramófono
rayado por el tiempo. Siguió caminando, pero un cosquilleo eléctrico le
recorrió la nuca. Aquel hombre vestía un traje oscuro de corte impecable, una
pajarita perfectamente anudada y portaba un maletín de cuero gastado que ya no
se veía en las tiendas de la calle Real.
Al dar la
vuelta para regresar a la ciudad, el policía volvió a verlo. Estaba allí,
parado frente al horizonte donde el Mediterráneo se funde con el cielo. Las
vestimentas, que antes parecían "raras", ahora le resultaban imposibles.
El tejido no ondeaba con el viento; parecía tallado en la misma piedra de la
muralla.
El caminante
aceleró el paso, sintiendo que el espacio entre ambos se contraía de forma
antinatural. No hubo segundo saludo. Solo el silencio sepulcral de la carretera
y el eco de sus propios pasos contra el suelo.
Durante
días, la imagen de aquel rostro no abandonó sus sueños. Había algo en la frente
despejada, en la forma de la mandíbula y en esa mirada de "médico que ha
visto demasiada muerte" que le resultaba familiar.
Fue una
tarde de lluvia, mientras paseaba frente al Ayuntamiento, cuando se
detuvo en seco ante la estatua de bronce. El corazón le dio un vuelco que le
robó el aliento.
No era un
parecido. No era una coincidencia. Eran los mismos ojos que lo habían saludado
camino al cementerio.
Era Don Antonio
López Sánchez-Prados. El alcalde, el médico, el mártir. El hombre que,
ochenta años después de que los fusiles callaran su voz, parecía seguir
recorriendo el camino hacia el descanso eterno, maletín en mano, asegurándose
de que su Ceuta seguía respirando bajo la vigilancia de los vivos.
El policía
guardó silencio, sabiendo que en esta ciudad, hay verdades que solo se susurran
cuando el sol se esconde tras el monte Hacho.
¿Te imaginas
la sensación de ese hombre al ver la estatua y comprender que el
"desconocido" llevaba muerto casi un siglo?
CarlosCordero....
