Tras la independencia de Marruecos en 1956 y la posterior supresión del ferrocarril internacional en 1958, los años 60 arrancaron con una frontera del Tarajal que estrenaba controles, burocracia y una nueva realidad geopolítica.
Los aspectos más destacados de la frontera en aquella época
reflejan este cambio de era:
- Para
los marroquíes de las provincias cercanas (Tetuán y Chauen), se crearon
los pases de vecindad, unos documentos especiales que les
permitían entrar a Ceuta a trabajar o vender mercancías sin necesidad de
visado, teniendo que regresar a Marruecos al final del día.
- Para
los españoles de Ceuta que querían viajar al Marruecos independiente, el
pasaporte se convirtió en un documento obligatorio. Las colas en la aduana
ya no eran solo para revisar mercancías, sino para el sellado sistemático
de documentación.
A pesar de ser ya dos países distintos, las relaciones a pie
de calle seguían siendo muy estrechas. Durante los años 60 se puso muy de moda
entre las familias ceutíes el turismo de fin de semana en Marruecos. El destino
estrella era La Restinga (una zona de playa idílica a pocos
kilómetros de la frontera donde se construyó un complejo turístico).
Los ceutíes cruzaban la frontera en sus coches (los
populares Seat 600 o Renault 4 de la época) cargados con neveras y sombrillas.
La aduana, aunque internacional, mantenía un ambiente muy familiar y distendido
para este tipo de tránsito dominical.
Con la independencia marroquí, las diferencias fiscales
entre ambos lados se agudizaron. Ceuta, consolidada como puerto franco (con
impuestos muy bajos o inexistentes para la importación), empezó a llenarse de
productos que en Marruecos eran lujos carísimos o difíciles de conseguir:
radios de transistores, nylon, electrodomésticos, chocolate, queso de bola o
tabaco americano.
En los años 60 tomó fuerza el embrión de lo que más tarde se
conocería como "comercio atípico": cientos de personas cruzando a
diario la frontera cargadas con bultos para revender esos productos cotizados
en el mercado negro de Tetuán o Tánger. El control aduanero se centró
ferozmente en registrar los maleteros de los coches y los hatillos de los
peatones.
Visualmente, el paisaje del Tarajal en los 60 nos resultaría
irreconocible hoy en día. Como se aprecia en las fotografías de la época, el
puesto de control era apenas una carretera de doble sentido con un par de
barreras levadizas de madera pintadas a rayas blancas y negras.
No existían las densas infraestructuras de seguridad
actuales, ni las dobles vallas con concertinas, ni los flujos separados para porteadores.
El monte y la playa morían directamente en la carretera, custodiados por la
Guardia Civil en el lado español y por la Gendarmería Real en el lado marroquí,
que a menudo compartían confidencias y café a escasos metros de distancia.
AUT:CarlosCordero
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