HOTEL HISPANO MARROQUI Año 1915...CEUTA


 El Hotel Hispano-Marroquí fue uno de los establecimientos hoteleros más representativos de la Ceuta de principios del siglo XX. En torno a 1915, cuando se tomó una de las fotografías más conocidas del edificio, la ciudad vivía un importante auge económico impulsado por las obras del puerto y el inicio del Protectorado español en Marruecos (1912).

El hotel estaba situado en la antigua calle de la Muralla, muy cerca del puerto, en una zona que posteriormente se convertiría en el Paseo de las Palmeras. Su ubicación era privilegiada, ya que recibía a viajeros que llegaban por mar desde Algeciras, Málaga, Cádiz y otros puertos del Mediterráneo.

Entre sus clientes se encontraban:

  • Militares destinados en el Protectorado.
  • Comerciantes españoles y marroquíes.
  • Funcionarios de la Administración.
  • Empresarios relacionados con las obras del puerto y el comercio africano.
  • Viajeros que continuaban viaje hacia Tetuán, Tánger o Larache.

La fotografía de 1915 muestra el Hotel Hispano-Marroquí como uno de los edificios más destacados del frente marítimo de Ceuta. En aquella época aún no existía el Hotel Majestic, que sería construido pocos años después y acabaría convirtiéndose en el gran hotel de lujo de la ciudad. En muchas imágenes antiguas puede verse el Hispano-Marroquí al fondo de la calle

En esos años, Ceuta era una ciudad en plena transformación:

  • El puerto estaba ampliándose.
  • El tráfico marítimo aumentaba constantemente.
  • El comercio con Marruecos vivía un gran crecimiento.
  • Se abrían bancos, cafés, hoteles y nuevas empresas para atender a una población cada vez mayor.

El Hotel Hispano-Marroquí simbolizaba ese momento de prosperidad y de conexión entre Europa y el norte de África. Su propio nombre reflejaba la estrecha relación comercial y humana entre ambos lados del Estrecho.

Con el paso de las décadas, el edificio desapareció como establecimiento hotelero y la fisonomía del entorno cambió profundamente, especialmente tras la construcción del Paseo de las Palmeras y de nuevos edificios

Por qué el 15 de agosto es fiesta nacional y qué se celebra en España

El 15 de agosto es el día en el que más localidades y pueblos de España están en fiesta


El 15 de agosto es el día en el que más localidades y pueblos de España están en fiestas. Es un día de fiesta nacional que, al coincidir con el verano, ha sido elegido para que se celebren numerosos actos y festividades patronales por todos los rincones del país. Según el recopilatorio de festividades elaborado por Portal Fiestas, un total de 1.197 celebraciones coincidirán este miércoles, aunque no todas celebran la Asunción de la Virgen María.
Pero, ¿qué se celebra? Es el día de la Asunción de la Virgen María, un acto que el Papa Pío XII definió como dogma de fe el 1 de noviembre de 1950. La asunción se refiere cuando María sube al cielo al final de sus días, sin morir y se trata de una de las celebraciones más solemnes de la Iglesia. El ascenso a los cielos de la madre de Jesús se celebra desde el siglo VII, aunque hay quien considera este festividad como heredera de una tradición pagana dedicada a la cosecha.
A esta virgen también se le conoce como la Virgen del Tránsito. El término sueño o paso a la otra vida —tránsito— es el más antiguo que se refiere al término terrenal de la vida de María. En el siglo VII la celebración del tránsito fue introducida en Roma por el Papa Sergio I. Años después, la palabra tránsito fue sustituida por asunción.

FRONTERA DE CEUTA 1956


 Tras la independencia de Marruecos en 1956 y la posterior supresión del ferrocarril internacional en 1958, los años 60 arrancaron con una frontera del Tarajal que estrenaba controles, burocracia y una nueva realidad geopolítica.

Los aspectos más destacados de la frontera en aquella época reflejan este cambio de era:

  • Para los marroquíes de las provincias cercanas (Tetuán y Chauen), se crearon los pases de vecindad, unos documentos especiales que les permitían entrar a Ceuta a trabajar o vender mercancías sin necesidad de visado, teniendo que regresar a Marruecos al final del día.
  • Para los españoles de Ceuta que querían viajar al Marruecos independiente, el pasaporte se convirtió en un documento obligatorio. Las colas en la aduana ya no eran solo para revisar mercancías, sino para el sellado sistemático de documentación.

A pesar de ser ya dos países distintos, las relaciones a pie de calle seguían siendo muy estrechas. Durante los años 60 se puso muy de moda entre las familias ceutíes el turismo de fin de semana en Marruecos. El destino estrella era La Restinga (una zona de playa idílica a pocos kilómetros de la frontera donde se construyó un complejo turístico).

Los ceutíes cruzaban la frontera en sus coches (los populares Seat 600 o Renault 4 de la época) cargados con neveras y sombrillas. La aduana, aunque internacional, mantenía un ambiente muy familiar y distendido para este tipo de tránsito dominical.

Con la independencia marroquí, las diferencias fiscales entre ambos lados se agudizaron. Ceuta, consolidada como puerto franco (con impuestos muy bajos o inexistentes para la importación), empezó a llenarse de productos que en Marruecos eran lujos carísimos o difíciles de conseguir: radios de transistores, nylon, electrodomésticos, chocolate, queso de bola o tabaco americano.

En los años 60 tomó fuerza el embrión de lo que más tarde se conocería como "comercio atípico": cientos de personas cruzando a diario la frontera cargadas con bultos para revender esos productos cotizados en el mercado negro de Tetuán o Tánger. El control aduanero se centró ferozmente en registrar los maleteros de los coches y los hatillos de los peatones.

Visualmente, el paisaje del Tarajal en los 60 nos resultaría irreconocible hoy en día. Como se aprecia en las fotografías de la época, el puesto de control era apenas una carretera de doble sentido con un par de barreras levadizas de madera pintadas a rayas blancas y negras.

No existían las densas infraestructuras de seguridad actuales, ni las dobles vallas con concertinas, ni los flujos separados para porteadores. El monte y la playa morían directamente en la carretera, custodiados por la Guardia Civil en el lado español y por la Gendarmería Real en el lado marroquí, que a menudo compartían confidencias y café a escasos metros de distancia.

AUT:CarlosCordero

FRONTERA DE CEUTA 1960







 En 1960, la frontera entre Ceuta y Marruecos era muy diferente de la que conocemos hoy. No existían las altas vallas metálicas, los sistemas electrónicos de vigilancia ni los grandes dispositivos policiales actuales. Era una frontera mucho más sencilla y, en muchos aspectos, más permeable.

Solo cuatro años antes, en 1956, Marruecos había obtenido su independencia del Protectorado español y francés. A pesar de ello, la frontera de Ceuta siguió funcionando con relativa normalidad. La delimitación territorial vigente era la establecida tras la Guerra de África de 1859-1860, y España mantuvo el control de Ceuta.

En aquella época:

  • Existía un puesto fronterizo español y otro marroquí, pero las instalaciones eran modestas.
  • El principal paso era el del Tarajal, aunque también había controles en otros puntos de la frontera.
  • No había doble valla ni alambradas de varios metros de altura.
  • Los controles consistían principalmente en casetas de aduanas, barreras y la presencia de la Policía Armada, Guardia Civil y funcionarios de Aduanas.

La frontera registraba un intenso tránsito de personas.

Cada día cruzaban:

  • Trabajadores marroquíes que acudían a Ceuta.
  • Comerciantes que abastecían ambos lados de la frontera.
  • Militares españoles destinados en la zona.
  • Familias con vínculos a ambos lados de la frontera.

El paso era más lento que hoy, pero también menos restringido en muchos aspectos.

En 1960 la frontera tenía una gran importancia estratégica.

Era habitual encontrar:

  • Patrullas de la Guardia Civil.
  • Soldados del Ejército de Tierra.
  • Unidades de La Legión en las proximidades.
  • Puestos de observación en zonas elevadas como el Serrallo y Sierra Bullones.

El ambiente era de vigilancia, aunque sin la infraestructura de seguridad que apareció décadas después.


CEUTA CUARTEL DEL SERRALLO



El Cuartel del Serrallo es uno de los acuartelamientos con mayor valor histórico de Ceuta. Está situado en la zona del Campo Exterior, sobre una posición elevada que domina los accesos terrestres a la ciudad, lo que explica su enorme importancia estratégica desde hace siglos.

Origen del Serrallo

El nombre "Serrallo" procede del término utilizado para designar un palacio o residencia fortificada. En este lugar existió una residencia del sultán marroquí Muley Ismail, construida alrededor de 1722 durante el largo asedio de Ceuta. Tras el fin del cerco en 1727, las tropas españolas ocuparon e incendiaron las fortificaciones, que posteriormente fueron reconstruidas y adaptadas para la defensa de la plaza.

El cuartel actual

El edificio que hoy conocemos fue proyectado por el ingeniero militar Pedro Vives y Vich a comienzos del siglo XX. Tiene planta rectangular con un gran patio central, gruesos muros de piedra y una arquitectura concebida para soportar un uso militar permanente. Actualmente está protegido como elemento del patrimonio cultural de Ceuta.

La Legión

El Serrallo está estrechamente ligado a La Legión. Desde 1961, tras la retirada de las fuerzas españolas del antiguo Protectorado de Marruecos, el Tercio Duque de Alba 2.º de La Legión estableció allí su Cuartel General. Durante años también albergó la Sala-Museo de La Legión antes de que esta se trasladara al centro de Ceuta.

Curiosidades

  • Durante la Guerra de África (1859-1860), la posición del Serrallo formó parte de la principal línea defensiva española antes del avance hacia Tetuán.
  • En 1932 sufrió un importante incendio, un hecho muy recordado en la historia de la ciudad.
  • A día de hoy sigue siendo un acuartelamiento en servicio del Ejército de Tierra.

Para muchos ceutíes que hicieron la mili allí, el Serrallo es sinónimo de La Legión, de las formaciones militares, las guardias y las vistas privilegiadas sobre el Estrecho de Gibraltar. Su ubicación lo convirtió durante siglos en una pieza clave para la defensa de Ceuta y sigue siendo uno de los cuarteles más emblemáticos de la ciudad.

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EL TRAZADO DEL FERROCARRIL CEUTA-TETUAN


Ignacio Alcaraz nos ofrece una detallada descripción del trazado del ferrocarril, realizando un hipotético viaje entre Tetuán y Ceuta: «El trayecto, de unos cuarenta kilómetros, era digno de ser contado. Tetuán, que se halla recostada sobre una blanda ladera del monte Dersa, iba quedando a la izquierda, separada de la vía por un paseo de circunvalación. El acceso a la estación también quedaba a la vista, con los jardines del cónsul Cajigas al fondo y las casa colgantes de la Luneta, calle corazón de la ciudad.

Seguidamente aparecían núcleos de cañaverales y huertas. De no muy lejos llegaba el aroma de Quitzan, la tierra que da las naranjas más dulces del país, mezcla de canela y azúcar. Por un primer paso a nivel se salvaba la carretera del Río Martín, y luego la llamada Puerta de la Reina. Primera parada obligatoria en Malalien, y luego, a la izquierda del aeródromo, comenzaba a verse la brillante línea del mar. La siguiente estación era la de Rincón del Medik, un poblado de mil habitantes, rico en pesca y agricultura, donde el tren se detenía un buen rato. Allí subía y bajaba una gente heterogénea, se acopiaban mercancías y se hacinaban cajas de pescado: chernas, besugos, sardinas, meros y otras capturas, que servían para abastecer los mercados centrales.
Aprovechando las facilidades que ofrece la llanura costera, el ferrocarril seguía su camino entre matorrales y erectas palmeras, siempre bajo el yodado perfume del mar. Se atravesaban zonas pantanosas y eran frecuentes los apeaderos para que los indígenas pudieran hacer uso de los coches. Nueva parada en Dar Riffien, acuartelamiento de la Legión Extranjera.
Después, Castillejos, punta pedregosa de la costa y nombre evocador de las hazañas del general Prim. A poca distancia, la frontera, donde, por cierto, el paso del convoy era libre y sin sujetarse a ninguna formalidad aduanera. Así se llegaba a Ceuta, casi a la altura del puerto. La estación terminal era de factura análoga a la de Tetuán».
Las estaciones del recorrido, con sus correspondientes puntos kilométricos, eran las siguientes:

Muelle: 0,0
Ceuta: 0,5
Miramar: 2,9
Castillejos: 8,0
Dar Riffien: 11,1
Negro: 13,8
Rincón del Medik: 24,9
Malalien: 38,1
Tetuán: 41,0
FUENTE: ARRAKIS.ES

HISTORIA DEL MAR CEUTA

EL BARCO CIUDAD DE CEUTA 1928

ciudad de ceuta 1935


El Ciudad de Ceuta 1973

El nombre "Ciudad de Ceuta" lo llevaron varios barcos de la histórica naviera Trasmediterránea, por lo que no se trata de un único buque. Todos ellos estuvieron muy vinculados a la ruta entre Ceuta y Algeciras, una de las conexiones marítimas más importantes de España.

El primer "Ciudad de Ceuta" (1928)

El primer barco con ese nombre fue botado en 1928. Originalmente se llamaba General Sanjurjo, pero con la llegada de la Segunda República, en 1931, fue rebautizado como Ciudad de Ceuta. Cubría habitualmente las líneas entre Algeciras, Ceuta y Tánger, transportando pasajeros, correo y mercancías. Permaneció en servicio durante décadas y, a partir de 1953, fue destinado a rutas de Canarias antes de retirarse definitivamente.

El "Ciudad de Ceuta" de finales del siglo XX

Muchos ceutíes recuerdan especialmente al Ciudad de Ceuta que navegó desde finales de los años 80 y durante los 90. Era un ferry de pasajeros y vehículos de Trasmediterránea que realizaba varias rotaciones diarias entre Ceuta y Algeciras.

Este barco se hizo tristemente famoso por un accidente ocurrido el 16 de julio de 2000, cuando, con una intensa niebla cerca de Algeciras, colisionó con el ferry Ciudad de Tánger. El accidente causó la muerte de cinco personas y marcó profundamente la historia de la navegación en el Estrecho.

Un símbolo del Estrecho

Durante muchos años, los barcos llamados Ciudad de Ceuta fueron un símbolo de la comunicación entre la península y la ciudad autónoma. Miles de militares, estudiantes, trabajadores y familias cruzaron el Estrecho a bordo de estos ferris, que formaban parte de la vida cotidiana de Ceuta antes de la llegada de los fast ferries modernos. 


Carta de un Naufrago desde Ceuta.


En Ceuta, el 4 de junio de 1692. En la Casa del Gobernador.


Amor mío:
Como puedes ver estoy vivo. No puedo imaginar tu sufrimiento durante tantos y tantos días al no conocer mi destino. Te pido disculpas con toda la fuerza de mi corazón, pero sólo quiero que sepas que tu pesar no habrá estado demasiado lejos del mío propio por no haber podido escribirte antes y paliar así tu pena.


No sé qué información exacta tendrás allá en nuestra queridísima Colliure sobre el paradero de los navíos perdidos en el Estrecho de Gibraltar, pero como he sido testigo directo de tales acontecimientos, permite que sea yo el que te informe de lo que ocurrió en la horrible noche del 18 de abril cuando me encontraba a bordo del Assuré.


Como bien sabes, pues me honraste con tu bendita presencia en nuestra despedida en el puerto de Toulon (cuando cierro los ojos aún puedo verte agitando el pañuelo entre la multitud, una rosa en el centro de un interminable prado de hojas secas), nuestra flota, formada por 16 navíos al mando del duque d’Estrées (¡que el Señor no lo haya llamado aún a su lado!), ponía proa a Brest.


Nuestro glorioso cometido no era el otro que el apoyar el desembarco de treinta mil franceses en Torbay y así comenzar con la conquista de la isla del pérfido inglés, por lo que con todo el trapo en la jarcia y nuestros mejores deseos, comenzamos a soñar con que nos convertiríamos en la punta de lanza de Su Majestad, Luis XIV, a que el Todopoderoso bendiga durante muchos años.


Después de días de travesía, en perfecta formación, con multitud de fiestas a bordo y brindando una y otra vez en nuestras cabinas y camaretas por la victoria, el 14 de abril, con la costa española a estribor, el Ardent avistó velas en el horizonte, y los gritos de entusiasmo se sucedieron a lo largo de toda nuestra línea al reconocer el pabellón inglés.


El conde, desde su insignia, el Sceptre, ordenó caza general, y nuestros navíos más veloces, el Precieux y el Fortune, dieron alcance a las dos embarcaciones enemigas apenas finalizada la noche, dando tiempo al resto de la escuadra a batirlos muy dignamente.


Una de las presas quedó tan dañada que nos vimos obligados a quemarla, pero nuestro líder, d’Estrées, envió un mensaje a todos los navíos con la frase “ya habéis probado la sangre inglesa. Paladeadla y sabed que nos espera más en las aguas del Canal”. Nuestros gritos de júbilo fueron la respuesta.


Pero conforme llegábamos a las aguas del Estrecho de Gibraltar, el fuerte viento del oeste y una bajada considerable de la presión en el barómetro, hizo que el conde mandara a los capitanes a bordo del buque insignia para tomar una decisión sobre el peligro que podía suponer el pasar al Atlántico en tales condiciones.


Nuestro capitán, Chaurenaute, a la vuelta al Assuré, nos informó que finalmente la decisión había sido la de seguir adelante, a pesar de que los capitanes Misand, del Invencible, y Pallieres, del Bon, marinos de reconocido prestigio, se habían opuesto con educación pero firmeza, avisando de la peligrosa acción del viento en esta aguas.


La lluvia y un imponente oleaje nos recibió en la mañana del 18, y los navíos más adelantados se perdían tras montañas azules rotas por la espuma, lo que provocaba miradas poco reconfortantes entre los más veteranos a bordo.


Además, el viento, que llegaba del noroeste, nos empujaba hacia la costa africana, y por mucho que lo intentábamos no podíamos evitar que la amenazadora tierra, por sotavento, fuera cada vez más visible. Para colmo llegó la noche, y con ella, una poderosa granizada que dificultaba aún más nuestras maniobras.Nuestra preocupación se multiplicaba, ya que, además de evitar que nuestra nave encallara, teníamos que estar pendientes de no chocar con alguno de nuestros propios navíos.


De hecho, pasada las nueve de la noche, y cuando me encontraba con mi guardia del trinquete recogiendo vela para que el palo no se rompiera por la fuerza del viento, surgió entre la oscuridad y las olas que inundaban buena parte del castillo la figura del espejo de popa del Superbe.
Aún no sé cómo pudieron oírnos desde el alcázar, ya que el silbar del viento con la jarcia nos convertía en sordos por una noche, pero aún así el segundo teniente De Vincelles, que en ese momento gobernaba el timón con la ayuda de dos fuertes marineros, reaccionó para que nuestro buque evitara la colisión.


Pero fue peor el remedio que la enfermedad, ya que perdimos la posición y nuestro bauprés señalaba hacia tierra firme mientras oíamos a popa el estampido de los cañones de nuestros buques para señalar su posición.


Pudimos distinguir las murallas de una ciudad, y bien definidas la figura de los cañones que la protegían. Pero en vez de recibir sus balas sobre nosotros, parecía que los habitantes hacían todo lo posible para evitar que nos estrelláramos, con numerosas luminarias para guiarnos en la medida de lo posible e impedir el desastre.


Pero era imposible. No había nada que hacer, el viento seguía acercándonos a nuestro macabro destino, y pude ver a nuestro capitán, paralizado mientras se agarraba a un obenque, con la mirada perdida hacia la muerte que nos aguardaba.


Un horrible crujir de madera, como si cientos de troncos de un bosque entero se partieran a la vez, se oyó sólo unos segundos antes de que todos a bordo rodáramos por cubierta al detenerse en seco el Assuré. Habíamos encallado.


Nuestro navío se escoró peligrosamente, y reaccioné justo a tiempo para evitar que un cañón de hierro de 18 libras, que se había soltado de su atadura en la cureña, terminara enviándome a las profundidades del mar.


Una vez logré ponerme a gatas, pues era casi imposible mantenerse en pie, estudié la situación y era dramática, ya que la fuerza del choque había hecho caer sobre nosotros el palo mayor y el trinquete (el mesana, milagrosamente, continuaba en su sitio), y nuestro navío estaba a merced de las olas, a la deriva tras liberarse de las rocas que habían destrozado a buen seguro la quilla.
Como pude bajé a la entrecubierta, y allí el espectáculo era sencillamente horrible.


Los cañones de bronce de 24 libras estaban sueltos y rodaban con estruendosos quejidos, como demonios, destrozando todo lo que encontraban en su camino. Prefiero no darte detalles sobre lo que pude ver ahí abajo, mi amor, pero nadie había quedado con vida después de que toneladas de metal hubieran arrasado madera y carne sin distinción.


Di gracias a Dios porque buena parte de los marineros se encontraran en ese momento en cubierta para tratar de gobernar el buque, pero aún así el destrozo había sido considerable, y alguno de esos monstruos de bronce había destrozado una porta por la que entraba cantidades enormes de agua, lo que terminaba de sentenciar al Assuré.


Había que pensar en la evacuación. Al menos tres cuartas partes de los hombres no sabían nadar. Pero cuando volví de nuevo al exterior, con el granizo azotándome la cara y tratando de mantener la estabilidad comprobé, con horror, que la proa estaba prácticamente hundida, y que muchos de nuestros marineros, a la desesperada, se lanzaban al agua como si Dios fuera a salvarles milagrosamente de una muerte segura.


Con la vista traté de buscar a otro oficial, pero sólo pude ver a De Guidy, alférez de navío, improvisando un ventaje para un soldado al que le sangraba la cabeza.
Sin apartar las manos de la cabeza de aquel desdichado, De Guidy, que evitaba mirarme a los ojos, me dijo que tanto el capitán como casi todos los oficiales habían embarcado en un bote y puesto rumbo a alta mar en busca de un navío de nuestra escuadra, dejándonos por tanto al resto definitivamente condenados.


Tan absorto me quedé que no fui consciente de que el Assuré escoraba a estribor tan rápido que antes de que nos diéramos cuenta los pocos que quedábamos en cubierta nos sumergimos en las frías aguas para compartir destino con nuestros compañeros ya ahogados.


Amor, me sentí morir. Mis ropajes y pesadas botas me impedían nadar con comodidad, y me encontré rodeado por la muerte, una muerte fría, negra, infinita, que me acogía en mi desesperado intento por alcanzar la superficie.


Querrás saber mi vida que cuando ya me faltaba el aire, cuando ya sabía que jamás volvería a ver la luz, no pensé en que ya no volvería abrazar a nuestro hijo, a pisar la hierba, a cabalgar a lomos de mi yegua Circe o a sentir el dulce viento salado sobre una embarcación a muchos nudos de velocidad. No. Con las pocas fuerzas que me quedaban me esforcé, ¡me obligué!, a pensar a ti, para que cuando la eternidad me atrapara me encontrase pensando en ti, mi amor, feliz por haberte amado hasta el último momento.


Pero a veces la fortuna es la mejor aliada de la desesperación, y cuando ya perdía el sentido noté cómo una mano me agarraba por el pelo y me alejaba de las profundidades antes de sumirme en un profundo sueño.


Para cuando desperté, y después de llegar a la conclusión tras reflexionar profundamente de que no estaba muerto y que aquel sacerdote que me observaba no era San Pedro y el caballero rubio que se encontraba a su lado no era un ángel, oí a éste relatarme que me habían salvado del naufragio de mi navío, que su nombre era Abel Mesi, de profesión traductor, y que me encontraba en la ciudad española de Ceuta.


Una vez recuperado, te alegrará saber que pese a que Francia y España se encuentran en guerra, el Gobernador de la Ciudad, el señor don Francisco Bernardo, un veterano de los tercios y que pese a estar lisiado de un brazo (un mosquetazo) ofrece un aspecto imponente, nos ha recibido en su casa a mí y a los oficiales supervivientes del Sague, que también encalló, pero con más suerte que nosotros, puesto que no se fue al fondo del mar y se rescató a oficiales, marineros y buena parte de la artillería.


El Assuré no tuvo tanta fortuna, y se calculan que al menos unos trescientos hombres han podido perecer ahogados en el desastre (unos cincuenta nos hemos salvado gracias al socorro llegado desde la propia ciudad). Una desgracia que espero que acompañe al cobarde del capitán Charenaute el resto de sus días.


Por mi parte, y mientras espero que se aceleren los trámites que nos devuelvan a Francia, aprovecho, con un permiso del Gobernador, para pasear por la ciudad mientras aguardo el día que pueda volver a tus brazos.


Mato el paso del tiempo con mi misa diaria en la ermita de Santa María de África, y todos los días visito en la Casa de la Misericordia al que se ha convertido en mi amigo De Guidy (la desgracia crea los lazos más poderosos), que logró sobrevivir a costa de una pierna que aplastó uno de los cañones de bronce de nuestro barco.


Cuando puedo, camino más allá de la puerta que conduce hacia el barrio que aquí llaman Almina, y ando entre sus viñas y huertos para observar la que he podido saber es la tumba de tantos y tantos compañeros: los Isleos de Santa Catalina.


Y aquí querida mía, en tierra enemiga, tan lejos de ti y de tus labios, quiero decirte que mi corazón, tras sobrevivir a la muerte, jamás se ha sentido más cerca de ti.
Y no hay tiempo para más, querida mía. Con amor se despide, siempre tuyo:
Guillaume Roland Deugeudon, teniente de navío del Assuré. Naufragado en Ceuta.

Por:Revista divulgativa de historia naval en internet